UNA MANCHA FUNESTA

 

Aquel día su madre encontró su diario y en su frente apareció una marca roja y asquerosa. Crecía rápido, como una irritante e infecciosa rabia. Estaba tan asustado como enfadado. Enfadado consigo mismo, antes que nada, por ser tan descuidado como para dejar su diario a la vista; pero principalmente con el mundo por ser como es.

– ¿Es esto verdad? Todas las cosas que hay escritas aquí, ¿es realmente lo que piensas? – le preguntó su madre.

Él no respondió. Su mente estaba creando un montón de respuestas pero su boca permanecía completamente cerrada. Algo entre su cerebro y su lengua estaba parando la corriente de palabras. En su lugar su sangre caliente fue cabalgando hacia su frente. Su madre le estaba preguntando, su boca estaba sellada y la frente le picaba infernalmente. Pero no se atrevió a rascarse, no se atrevió a mover ni un músculo. Él sólo quería desaparecer. Picor y sudor hasta que su madre desistió y lo dejó en paz, cansada de preguntar sin obtener ninguna respuesta.

– Oye, escucha, no creo que pueda montármelo esta noche. Lo siento. Pero hacemos algo la semana que viene, lo prometo.

– ¡Qué cojones! Ni hablar, es mi cumpleaños. ¿Por qué no? Alguien se tiene que estar muriendo si no no tienes excusa. –dijo su novia.

Bueno, no su novia novia, sólo algo parecido. Una mentira más, tenía que pensar deprisa, lo que era seguro es que no quería que ella lo viera con esa fea y vergonzosa marca en su frente.

– Es el trabajo. Mi jefe quiere que termine una cosa esta noche así que… de verdad que lo siento.

– ¡Qué le jodan al trabajo! ¡Y a tu jefe! ¡Venga, hombre, que es mi cumpleaños!

– No, lo siento, no puedo.

– ¿Sabes qué? Si no vienes esta noche no te molestes en llamarme más.

Realmente no quería perderla pero quería incluso menos que lo viera así. Ya encontraría alguna solución más tarde. Primero tenía que parar esa maldición de su piel.

La primera vez que esa horrible marca apareció él era muy joven. Apenas tenía diecisiete años entonces. El médico le dijo que era una alergia. Después de varias cremas y pastillas la mancha finalmente desapareció pero volvía en cualquier momento. Pronto descubrió que, de hecho, los medicamentos no hacía nada. Que la marca aparecía cada vez que el cerraba la boca. Cada vez que quería decirle a su madre que no le gustaban nada esos espaguetis con mejillones y que odiaba estudiar derecho. Al final encontró una solución. Escribía en su diario todo lo que no se atrevía a decir. Eso fue su medicina. Podía escribir páginas y páginas tan blancas como su frente. La asquerosa y repugnante mancha y la picazón se disolvían con la tinta de su bolígrafo.

Sin embargo, ahora que su madre había abierto la caja de Pandora ya no había remedio para su enfermedad. Aun que nadie más en el mundo supiera sus palabras el antídoto de su diario había quedado obsoleto.

No podía encontrar ninguna solución y su estrés subía como el agua en la cisterna del wáter después de tirar de la cadena. La misma soez sensación. Sintió que si se quedaba allí, en casa, se ahogaría pronto. Se puso una sudadera con capucha y salió a la calle. Simplemente caminaba pensando qué hacer, dónde ir. Sabía que tarde o temprano su madre volvería a interrogarle. Él no había encontrado todavía un buen argumento. Estaba tan inmerso en sus pensamientos, tan abrumado por su angustia que no pudo encontrar ninguna manera de librarse del problema. Habían pasado horas y la mancha había crecido más y más. Se paró delante de un escaparate y vio que la marca se había extendido por su nariz y corría hacía su boca. Se hacía tarde y se sentía totalmente agotado. Después de tantas horas de angustia su cuerpo decía ya basta. Entonces sólo pensaba en encontrar algún sitio donde dormir. Ya estaba decidido que no volvería a casa. Su casi novia no era una opción, estaba enfadada con él. Por otra parte, no quería enseñarle su horrible marca. Sólo necesitaba descansar y dormir aunque era consciente de que, probablemente, no podría dormir en ese estado mental. ¡Drogas! Necesitaba tomarse algo. Un pensamiento feliz le vino a la mente. Se acordó de un compañero de la universidad que solía tomar drogas y vivía cerca de allí. Era un niño pijo que heredó un piso de su abuelo. Nunca se tomó los estudios seriamente. Bueno, nunca se tomó nada en serio. Se dirigió a casa de ese colega.

– Hace mucho que no te veo, tío. No te he reconocido. –dijo su amigo. – ¿A qué viene el rollo de la capucha? ¿Estás huyendo?

– Más o menos. De hecho… necesito alguna cosa. ¿Tienes algo?

– No serás policía, ¿no?

– Soy abogado. Ya lo sabes.

– Era broma. Venga, entra. Vienes en el mejor momento, me he montado una pequeña fiesta.

Había varias personas en el salón, todos iban puestos. Sobre la mesita de café había lo que parecía un buffet de drogas. Todo listo, simplemente sírvete tu mismo. Un par de chicas estaban gritando y bailando, perdiendo el equilibrio y riendo. Todo eso le daba igual, él cogió algo de hierba, se lió un porro y encontró un sitio donde sentarse y relajarse. Sólo entonces decidió mirar su móvil. Tenía muchas llamadas perdidas de su madre. También algunos mensajes diciendo que iba a llamar a la policía. Le mando un mensaje diciendo que no llamara a la policía que él estaba bien, que estaba con su novia celebrando su cumpleaños.

Después de fumar, se fue silenciosamente a buscar un sitio donde tirarse a dormir. Encontró una habitación vacía y se echó en la cama a dormir profundamente. No fue tan placentero como esperaba, estuvo soñando toda la noche. Cuando se despertó acababa de amanecer, le dolía la cabeza y tenía una especia de dolor en el pecho. Quizá era porque había fumado la noche anterior o quizá era alguna otra cosa. Le había subido la temperatura y sintió ganas de vomitar al levantarse. Estaba seguro de que iba a morir. Sintió ganas de llorar al tiempo que se clavaba las uñas en la frente. De algún modo eso le aliviaba el insoportable picor de su piel y la opresiva rabia de su corazón. No podía dejar de pensar en su no-realmente-novia y cuanto quisiera hablar con ella antes de morir. Decirle todas esas cosas que nunca se atrevió a decir. Cogió un trozo de papel y empezó a escribir. Todas esas preciosas palabras que él había estado guardando en su mente como si fuera la caja fuerte más segura del mundo. Y eran muchas. Llegó un punto que tuvo que buscar más papel. Caminó por el piso saltando gente dormida y encontrando hojas y hojas en las que escribió durante horas. Su plan era enviarlo por correo pero ya que estaba apunto de morir por qué no darle en mano todos esos preciados pensamientos y, al menos, verla por última vez.

Reunió fuerzas y salió de aquel apartamento que le pareció tan irritado y feo como su cara. Se cubrió tanto como pudo con la capucha y caminó por las calles clavándose las uñas en la cara cada dos por tres. El insoportable picor se estaba extendiendo. Sus codos y rodillas estaban rojos e insoportables. Hubiera querido arrancárselos y convertirse así en el monstruo que ya sentía que era, deforme, sin brazos ni piernas. Inmóvil. Llego a casa de su no-todavía-exclusiva-novia y picó a la puerta tiritando. Ella abrió la puerta en pijama.

– ¡Qué coño! –dijo ella cuando lo vio.

Él, con la cabeza baja, simplemente le alargó la carta. Ella la cogió, la abrió y leyó las primeras palabras mientras él se daba la vuelta tiritando y empezaba lentamente su camino a la muerte.

– “Las cosas que nunca te he dicho” ¡Ni hablar! Sea lo que sea me lo vas a decir ahora mismo. Si quieres cortar me lo dices en la cara.

Sin más, ella despedazó la carta ante su consternación. Se tomó el tiempo de hacer pequeños trozos de todas esas páginas y fue dejando caer pedazo a pedazo. Él se arrodilló en el suelo tratando de recoger todos los trocitos.

– ¡Oh, por Dios! ¿Por qué montas tanto drama? –dijo ella.

Él no pudo evitar un agudo sollozó y después de eso lloró como un bebé.

– ¿Estás llorando? ¿En serio estás llorando? –preguntó ella.

Le bajó la capucha para descubrir su cara. Lo que vio era lo último que ella esperaba ver. En su mente ese idiota quería dejarla, por eso no apareció en su cumpleaños. Pero llegado ese punto, ella empezaba a pensar que él era un enfermo mental porque, incluso para cortar, no hay necesidad de aparecer tan pronto por la mañana y montar tal escena.

– ¿Qué te está pasando?

– Me estoy muriendo.

– ¿Por qué?

Él no contestó, siguió sollozando. Ella tiró de él y lo metió en casa.

Tardó bastante en calmarse y volver a respirar. Ella lo metió en su cama y el siguió sollozando bajo la manta durante bastante rato. Mientras tanto ella le preparó desayuno y un café. Cuando fue a la habitación con unos huevos revueltos, bacon y tostadas él ya había dejado de llorar. Tenía sueño. Incluso pensó que había llegado el momento. No se estaba quedando dormido, se estaba quedando muerto.

– Vamos, come. Te sentirás mejor. Sea lo que sea lo que te está pasando, tú no te estás muriendo.

– No estaba trabajando ayer por la noche.

– ¿No?

– Odio mi trabajo. Nunca hago horas extras.

– ¿Entonces?

– Esta cosa empezó ayer. No quería que me vieras así.

– No es tan malo.

Ella tiró de la manta pero él la agarró con todas sus fuerzas. Forcejearon con la manta hasta que ella la dejó ir.

– ¡Venga ya! Si tu no sales tendré que ir yo. –dijo ella.

Entonces desde los pies de la cama, ella levantó la manta y se metió debajo. Nuevamente él intentó luchar pero esta vez no pudo evitar que ella se acercara a su cara. Muy cerca. Pero en la oscuridad de debajo de la manta él se sitió más confiado y ella más cariñosa. Lo acarició y abrazó.

– Dime que pasa. –ella susurró.

– Ayer mi madre encontró mi diario. –él también habló en susurros.

– ¿Lo leyó?

– Por supuesto.

– ¿Que hay en ese diario? ¿Qué has escrito?

– Todo.

– Debe ser muy malo.

– Es malo, muy malo.

– Entonces no te estás muriendo. Tu sólo tienes el peor caso de vergüenza y bochorno jamás visto. No te preocupes. Relájate. Se te pasará.

– Siento haberme perdido tu cumpleaños. Eso es lo último que hubiera querido… Te quiero.

– ¿En serio?

– Creo que sí.

– Eso está bien. Sigue queriéndome y tal vez tu mancha roja desaparezca.

 

Él no entendía como era que ella lo sabía pero tenía maldita razón. Pasó el resto de ese sábado en la cama con ella haciendo el amor y haciendo bromas. Al día siguiente la fiebre había desaparecido completamente y la funesta marca se estaba diluyendo. Se había retirado de nuevo a su frente. Únicamente había dicho una gran verdad: que la quería.

Todavía tenía que encararse a su madre. Y el resto del mundo. Pero sabía que esta vez tendría que hablar. Le llevó bastante tiempo pero poco a poco pudo controlarlo. A veces necesitó escribirlo antes de poder decirlo. Fue un buen truco para dejar su trabajo, algo así como seguir el guión de “Cómo decirle a tu jefe que le jodan” pero funcionó. Su funesta marca desapareció y nunca volvió.

 

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