REGALOS DE BODA

La peluquera llegó temprano por la mañana a su casa. Jamás antes Laura había hecho tantos cuidados de belleza. Después de la ducha crema corporal, más crema hidratante para la cara, seguido de crema bronceadora por todo el cuerpo y la cara. No le acaba de gustar mucho, le daba un color más anaranjado que tostado, pero la peluquera/maquilladora aseguraba que quedaría muy bien. Y su madre le repetía que le hiciera caso a la peluquera que era una profesional y sabía lo que se hacía.  Después base de maquillaje, seguida de polvos, y otros polvos más para no sé que, y aún otros más. Laura echó la cuenta y llevaba al menos cinco capas de diferentes productos. Y en el pelo otro tanto más. Uñas: manos y pies, precedido de una expolio de las pieles muertas. El proceso empezó a las 8 de la mañana, le habían tocado hasta el último rincón de su cuerpo, rincones externos claro. Sus órganos internos sentían una especia de temblor que le sembraba la duda sobre todo aquello. Sobre el sentido de todo aquello. Su madre le decía que eso eran los nervios, claro, toda  novia se muere de nervios el día de su boda. Era ya mediodía y por fin estaba peinada y maquillada, ahora faltaba el vestido. Tenía hambre, pero tenía nervios, así que  su madre le aconsejó no comer, porque estropearía todo el trabajo de maquillaje a parte de que con sus nervios era mejor no comer.

-Pero hasta la cena me habré desmayado de hambre. Tengo que comer algo.

-No te preocupes, te prepararé alguna cosita, un bocadillito. No quiero que mi niña se desmaye en el día de su boda. Con la ilusión que me hace verla subir al altar. Nada puede estropear el día más importante de tu vida.

Tras esta sentencia un abrazo amoroso, el bocadillo y hora de ponerse el vestido. Ahí estaba Laura, con su vestido de novia el día de su boda. Había adelgazado cinco quilos haciendo una  dura dienta durante los últimos seis meses. El vestido era precioso, de cuento de hadas, tan bonito que no era ni un vestido, era algo más como una escultura digno de ser expuesto en un museo pero no de algo que vestir. Quilos de menos, maquillaje y vestido irreal. Laura se miró al espejo y no pudo reconocerse.

–         Mami… -le salió apenas un hilo de voz.

–         Estás preciosa.

–         ¿Sí?

–         Sí, mi amor, como nunca antes.

Su madre ya estaba lista también. Llevaba un espectacular vestido dos piezas fucsia de satén brillante. Pero ella no había adelgazado nada en los últimos meses. El vestido que pretendía ser el colmo de la elegancia le hacía parecer una morcilla galáctica. En vez de ser un vestido hecho para sentar bien parecía hecho sólo para llamar la atención. Se vio reflejada en el espejo junto a su hija y no le gustó lo que vio.

–         Pero… -dijo la madre-. Ese escote… te queda fatal.

–         ¿El qué?

–         ¿No lo ves? El escote del vestido hace una arruga rara… que además enseñas mucho las tetas. No queda muy bien, es muy vulgar.

–         Pero mami, si me lo probé antes y quedaba bien.

–         Será porque te has adelgazado demasiado.

Laura se derrumbo, no podía ir enseñando las tetas en su boda. Se echó a llorar irrefrenablemente aún a riesgo de estropear las dos horas de maquillaje.

–         No llores hija que esto te lo arreglo yo en un momento.

–         ¡No! No puedo casarme, no puedo ir así el día de mi boda.

–         Anda, que nadie se va a fijar en eso.

–         ¡No!

Cogió el móvil para llamar a su novio. Iba a decirle que no se casaba. Pero su madre la paró, no será así. ¿Cómo no se iba a casar ahora, con todo el esfuerzo y dinero que había costado esa boda? Pero ahí estaba ella para solucionarle, una vez más, la papeleta a su niña. ¿Qué es si no una madre? Nada mejor que ver lo mucho que te necesitan tus hijos.

–         Nada, nada, olvídate, no vas a dejar de casarte solo por una arruga en tu escote. Esto te lo resuelvo yo en un momento.

Su madre no le dejó tiempo a reaccionar de ninguna otra manera. Antes de que pudiera abrir la boca ya tenía hilo y aguja y le estaba haciendo unas puntadas para corregir la arruga.

–         Ya está, ahora ya no se nota nada. Estás perfecta.

Laura se veía exactamente igual. Nada había cambiado, la arruga, que antes nunca había visto, ahora seguía ahí y era lo único que podía ver. No veía el resto del vestido, no veía el precioso peinado, ni veía su propia cara, sólo una arruga y unos descomunales y grotescos pechos.

Pero era la hora y su madre orgullosa se llevó a su trémula hija arrastras hasta el altar. Todo fue rápido y fugaz. Hasta que por fin hubo un parón, un break en todo ese frenesí, un silencio. Todo el mundo callado, la iglesia en silencio todos esperando su respuesta. Y ella pensó que tenía una arruga que le arruinaba el esfuerzo de más de seis meses para estar increíblemente bella. Su respuesta fue no. Le susurró algo al novio antes de salir corriendo.

Su madre se quedó pálida, no pudo detenerla porque eso sí, tantos meses de dieta y ejercicio la puso en forma. Laura desapareció como una bala.

Fue por boca del novio que la madre de Laura supo que su hija no sé casó porque tenía una arruga en el escote. La respuesta de la madre fue:

-¿Qué arruga? No había arruga, se lo dije solo para… No sé porque le diría algo así.

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